Nota sobre la procuración de justicia en el DF

Algo estamos haciendo muy mal en el Distrito Federal: nadie parece fijarse en las condiciones en las que trabajan los empleados de las agencias de lo ministerios públicos. Tampoco en las de los policías de investigación. Por supuesto, parece que tampoco nos damos cuenta quiénes son los usuarios de esos servicios. Vaya usted a cualquier agencia del ministerio público y quédese ahí un par de horas. ¿Qué ciudadanos copan esos lugares? Pocos muy pocos de las clases económicas más pudientes.

Empecemos por el número de empleados que atienden en un Ministerio Público. Luego, veamos las condiciones en las que operan. ¿Cuántas denuncias reciben al día? ¿Tenemos el número adecuado de MP para el volumen de demandas? No hay baños dignos, atención profesional, procedimientos claros. Uno llega ahí y no hay ni siquiera forma sencilla de saber qué hacer.

En el útlimo episodio del drama, el agente del ministerio público me dijo “no tengo personal”. Se suponía que iba a ir, me entrevistaría, me darían acceso a las cámaras de seguridad. Pero, no. No pasó nada de eso. Lo único que hice fue ir y decir “no tengo facturas. Acá tengo mi pasaporte como única identificación oficial”. Firme acá. Esperemos el retrato hablado. Buscaremos en nuestros archivos. Es todo. Hasta luego.

Perdí cerca de 40 mil pesos en mis pertenencias personales. Me dicen que en esa zona es “tierra de nadie”. Que me salió “barato”. Que en otras ocasiones rompen los cristales y hasta disparan. No hay una sola persona que me de ni siquiera una remota esperanza de que mis pertenencias regresen. De hecho, iCloud me mandó un simple mensaje “su iPhone fue encontrado”. Acto seguido, todo se borró de esa cuenta. A estas horas, todo lo que me robaron tiene dueño.

Pero no olvidemos el caso. La PGJ del DF es un desastre. No cuida a su personal. No cuida sus instalaciones. Entré al saloncito de los “agentes de investigación” (lo que antes se llamaba policía judicial). Por razones desconocidas, no me siento incómodo en esos ambientes. Sin embargo, el lugar es deplorable. Ni en las peores escenas de las peores películas mexicnas de los años setenta se veía una escena así. Sillas destrozadas, computadoras viejas. Judiciales con anillos gruesos y arma al cinto. El agente que me atendió no tenía una computadora en dónde apuntar mi declaración. Con su mano izquierda hacía como que me etrevistaba y yo, como que hacía que le ponía fe en su trabajo. Ahora siento que ambos hacíamos como que hacíamos.

Falta hablar sobre la atención que prestan los ministerios públicos. Uno llega y nadie atiende. Su usted ha ido a uno de esos lugares, no verá gente trajeada (bueno, sí, los “licenciados” que fungen como empleados de la PGJ). Los demandantes no son de clases altas. En su mayoría, por su vestir, por su hablar, pertenecen a la pobreza urbana. Y así los tratan los MP.

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